Llegaste sin ser llamado
me encontraste sin ser buscada;
tocaste a mi puerta
y aunque dudé,
lograste traspasar el umbral
e invadiste mi espacio
incluso hasta la cocina.
Allí, junto al horno de leña,
te preparé un bizcocho de sueños,
tu le rociaste chispas de ilusión;
fue cuando mire dentro de tus ojos,
y eché un vistazo a tu corazón;
encontré una olla de dulzura
pero glaseada por alguna razón.
Fría en el congelador,
estaba la cazuela de mis anhelos
la metiste dentro del horno,
y el fuego la invadió de calor;
le pedí tanto a Dios
que guardará en la alacena
todo aquel ingrediente
que pudiera dañarse,
pero de pronto visualicé
que no era yo quien cocinaba
sino incluso los dos éramos parte
de una receta mayor.
Doy gracias a Dios
porque compartí mi esencia
y logré sentir tu sazón
en la gran receta del plan de Dios;
hoy estamos disueltos,
y solamente espero
que hayas tomado de lo que
Dios ha puesto en mí,
porque yo tomé
de lo que Él hizo por ti.
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